Capitulo I: El Loco o el pasado

Aventuras Elficas en Monte-Karma

Salí del capullo. Cuando salí del Temazcal, salí­ del capullo materno.
Salí­. Después de vivir con las ninfas de los bosques y empezar yo
mismo a mutar en algo que no era en ese momento, a quitarme las
máscaras, para reemplazarlas con otras menos gruesas. Los dioses me
enamoraron, me comieron , se pelearon y se fueron. Decidí­ volver al
reino de los humanos. Las ciudades eran como laberintos cuadrados, muy
cuadrados. Después de habitar el bosque era muy extraño caminar de
nuevo por el suelo duro , sorprendentemente demasiado duro. Es muy
raro. Cuando mi conciencia empezó a habitar mis pies, porque antes
habitaba en mi cabeza, en mis genitales, y pocas veces, en el corazón,
empezó a encontrar muy extraño eso de usar zapatos y caminar sobre
asfalto. En todo caso, hablo del antes como si fuese diferente que el
después, y no hay ni antes ni después. Solo A-hora. Lo más estúpido es
que me las arreglé para terminar viviendo ahí­, en las calles mismas,
durante unos meses. Tengo esa desastrosa tendencia a no preocuparme de
tener un techo o comida. Es como si no me importara tanto. Pero íbamos
a mediados de septiembre, y en Montréal empieza a hacer frío durante
esos días de hojas rojas, naranjas, amarillas, verdes, arcoíris de la
muerte de las hojas. O de la muerte, tout court. Uno en la calle está
consigo mismo. No te queda otra. Es terapéutico. Deberían haber
terapias de vivir en la calle. Los tirái un mes, dos meses, algo
corto, pero ese tiempo es suficiente. Tengo que ir a ver si el doctor
llegó, mi mamá está enferma.

Bueno. Sigo. Entonces encontré un departamento con unos elfos que
también habían vuelto a la ciudad de los humanos. Era en el cielo, era
todo celeste y azul. Habí­a un elfo que tocaba flauta y clarinete y
hací­a cantos gregorianos. Le voy a decir el Monje, porque me da miedo
y no quiero pronunciar su nombre acá, se puede enojar, y su poder
mental es tan grande, que prefiero no meterme en esos lugares. Otra
mujer que tenía un swaddhistana muy desarrollado, una sexualidad sabia
y a la vez prisionera libre como el fuego naranja de su pelo. El
cuarto siempre cambiaba. Vivimos con Zeus, pero traficaba Cristal Meth
o algo así­, así­ que lo tuvimos que hechar para afuera. Zeus no estaba
contento, para nada. Creo que traficaba putas también, era media
turbia la cosa, aunque era un mexicano muy simpático y buena onda. Era
sagitario, eso explica cosas. Muchísimas cosas. Escuchaba beats con
shakuhachi, una flauta tradicional japonesa, para dormir. Los ponía
muy fuerte como a las 3 de la mañana. A mi me gustaba esa música y
nunca estoy durmiendo a las 3, así que tranqui no más. El Monje no
estaba para nada contento con lo del shakuhachi beat a las tres am,
aun que el haya sido flautista, tení­a una especie de desprecio por la
música moderna. «A los 25 años, cuando ví por primera vez a la
orquesta sinfónica, solo ahí, supe lo que era la música de verdad.» No
le gustaba tampoco el jazz. Era abstinente, eso explica muchas cosas.
Muchí­simas. En todo caso, yo salí­a a fumar cigarros y marijuana con
Swaddhistana, en el balcon nevado. Era hermoso. Hablábamos, y no
hablábamos. Escuchábamos la nieve, el viento, hay algo que te calma en
todo eso. Por eso los pueblos del Norte, es decir, los europeos, los
canadienses, los gringos de Manhattan, los escandinavos y todo los
demases que conviven con nieve, son mas «fríos». No es que sean
inconscientes de sus emociones. Es que no tienen. La nieve las apagó
con amor. Hibernan. Porque en verano es muy caliente la cosa. Llegó el
doctor. Tengo que ir a abrirle la puerta.

Íbamos al Yoga juntos en bicicleta. Eramos buenos amigos, y a pesar de
que ambos somos apetitosos sexualmente, ocurrió la hermosa magia de
que nunca sentimos ni un tipo de atracción el uno por el otro. Eso
pudo mantener nuestra amistad muy viva. También í­bamos al «Escalier»,
un restaurante/living room/café thé con música en vivo. Yo toqué dos
veces ahí. La pasábamos muy bien. Ahí­ otro monje, pero más hip hipero
y Talmúdico, hací­a los micrófonos abiertos de slam, rap, y poesía. Se
llama Dawid Monk-Ephrayim Yisrael, o Monk.e. Era el mejor grafitero de
Montreal, y todas sus obras, porque dignan para ese nombre y más,
tienen una Fe (Fuerza Espiritual) y un simbolismo de otro nivel. Se
nota que lee el torah en grupos de estudios cabálicos o algo así­.
Tení­a la barba más larga que la mía, se cogía su pelo muy largo con
pañuelos de color siempre blanco, un gorro blanco en la cabeza.
Camisas blancas. Casi todo blanco. Sus ojos azules eran penetrantes, y
según oí­, también era abstinente. Portaba un collar de perlas budista.
Es el tipo de locos de los cual hay que rodearse porque te ayudan en
el camino de la Luz.

Una vez, en una fiesta donde mi hermano Danyiel, una ninfa me pintó la
cara. Resulta ser que ella no era nada más ni nada menos que la
reencarnación de Quetzalcoatl y la Tara Verde, todo en uno. La Casa de
Danyiel, donde viví­a esta poderosísima maga, se llamaba Anahata, como
el chakra del corazón. Es en este lugar que mi aura cambió de naranja
a verde. Nos enamoramos con la Ninfa, y vivimos el amor de una forma
muy pura, sin el menor trazo de posesividad. Me hubiese gustado
quedarme pegado en ese sueño, pero el oráculo de Marsella me dijo que
tenía que irme de viaje con Cabeza de Vaca en las tierras del sur,
porque algo me esperaba aya. Tuve que irme. Adiós!

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